Laura Garza

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La Monna Lisa y Yo

La búsqueda de la aceptación en el mundo de las redes sociales nos lleva a olvidar el entorno y dar todo por una selfie.

Por Laura Garza

Llegamos a media mañana a la Pirámide para visitar al majestuoso Museo de Louvre. Como toda primera vez, estaba inquieta cual niña pequeña para recorrer todos sus pasillos, sus salas, sus obras de arte, pero sobre todo por ver a la sonriente Gioconda de Leonardo Da Vinci. 

Hay que tomar en cuenta que el Museo recibe en promedio más de 22 mil personas a diario, lo cual hace que las taquillas siempre estén llenas y para recorrer cada sala se tome mucho más tiempo del que imaginamos; y si piensan en tener el panorama despejado para que nadie se atraviese frente a ti con su dispositivo móvil, están soñando.

Hace poco leí un artículo sobre las multitudes y el efecto de los celulares en los museos, y algunos expertos decían que la tendencia de muchos de los recintos de arte más importantes en el mundo es a prohibir tomar fotografías o incluso a dar un tiempo específico.

La gente, pero sobre todo los jóvenes ya no van a ver las obras, sino a tomarse selfies, es decir le dan la espalda a las obras artísticas para obtener su cometido y se retiran. Y por supuesto, no podía faltar que al momento de llegar a la sala donde habita la mujer más famosa del mundo por su sonrisa y su mirada hechizante: la Monna Lisa, la famosa Gioconda, la gente estuviera colapsada, con los teléfonos y gadgets a lo alto y la mayoría ansiosa por llegar hasta la primera fila de la estructura de cristal que la protege. 

Antes de caminar hacia ella por la inercia de los demás turistas, descubres un impactante cuadro de Las Bodas de Caná de Veronese que te deja con la boca abierta, pero insisto, pocos la ven porque corren ansiosos hacia la Monna Lisa.

En lo personal, estaba feliz por ver una obra que desde hace años la he visto solo en libros, en películas o en fotos de amigos, pero tenerla de frente, observar cada uno de sus detalles, sí emociona el espíritu.

Es así que mientras digería mis emociones, tres mujeres orientales me empujaron para pasar frente a mi para tomarse una foto con el cuadro a sus espaldas. Pasaba una, pasaba otra y por fin la última. Allí es cuando aseguras tu lugar en la primera fila para que nadie ensucie el horizonte. 

Se que la semana pasada hablé sobre los sefies y el nuevo gadget de viaje el Self Sitck, pero es que la imagen que hoy comparto es más clara que lo que yo aquí describo. En realidad el efecto de compartir el “Yo estuve allí” va más allá de lo que creemos. 

Es una acción colectiva que sobrepasa cualquier límite de convivencia social. Volvemos a lo mismo, ya no importa en realidad qué vemos, qué aprendemos, qué conocemos, sino el cómo comparto que estuve allí a través de una foto que me haga ser mejor evaluado por mis amigos y seguidores.

El Universal. http://eluni.mx/1KwDMdW

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